jueves, 20 de febrero de 2014

Nadar con agujeros en los pies.

La luna brillaba con más fuerza de lo habitual esa noche.
Pasos...
Pasos...
Pasos...
Había un cazador cerca.
¿Un cazador? Una presa. Un lobo... Un lobo herido. Y precisamente por estar herido tenía tantas ganas de sangre.

En medio de una selva de cemento y asfalto, el cazador, confiado por lo iluminada que estaba la noche, se olvidó de los peligros de la misma y sus pasos sigilosos se convirtieron en pies que simplemente caminaban. Él paseaba. El cazador daba un paseo, pero no eran sus pasos los que se oían. Se oían los pasos del lobo. Al cerrar los ojos y no escuchar nada, podía percibir perfectamente su aliento en la nuca.
La sangre había sido derramada antes de que el crimen llegara a ser cometido. Por alguna razón completamente ajena a los sucesos acontecidos esa noche, el lobo sangró... Y sangraba durante la misma.

La luna brillaba con demasiada fuerza y escondía cualquier otro brillo que pudiera haberse manifestado bajo su imperio. Una noche en la que las luciérnagas aguardaban, observando el escenario. Por mucho que batieran sus alas con fuerza, no serían vistas, no serían faro ni luz guía en ningún camino. Los seres que una vez fueron brillantes encontraron la distancia consigo mismos y esperaron. Por mucho que brillaran, nadie los vería, sólo podían esperar a que llegara el día y, sin embargo, bajo toda esa luz, seguiría habiendo tormento.

Todos los mitos que abrieron los ojos esa noche sabían que la luna estaba maldita. Todos los hombres, escondidos tras sus cuentos, temieron siempre la llegada de una noche tan brillante. Noches en las que la luna maldeciría al mismo día.

Los mitos que hasta el día supieron brillar, guardaron silencio y esperaron. Brillando sin ser vistos, ocultos tras la maldición a quien un lobo herido continuaba aullando, sin saber que desde antes de su misma existencia ya había sido corrompida por conjurarse a sí misma, viviendo las noches en triste alegría de ignorancia.


 Un lobo confiado, aquél cuya verdad cree ser correspondida con la realidad, un cazador que agradece luz maldita y pasea alegremente, animales expectantes, conocedores del miedo que ha de ser rey de la noche y seres que brillan, acostumbrados a ser vistos como estrellas, trágico momento en que ningún par de ojos se posaba sobre ellos. Días malditos con tan sólo una luna... Suficiente. Conocemos el desafortunado final de la historia, vivimos cada día el efecto mariposa y cadena de poderes resultante, nos fue advertido al ser pequeños, al dar paseos, gustándonos la luz. Luz que nos trae confianza. Luz triste y luz maldita. Llevamos en el alma dicho acontecimiento, historia que jamás recordaremos. Historia en la que la única luciérnaga que realmente llegó a ser guía, al conseguir amortiguar su propio brillo, se ve capaz de mirarse reflejada en mares de sangre, se ablanda, se lamenta y se conoce inútil, pues todo lo que supo hacer fue iluminar un camino recorrido por el goteo de su propia sangre.


Para Ren.
Hikari.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Probando una adicción (...)

Siempre supimos que, de los dos, tú eras el compañero. Todos aquellos que han llegado a verte, a conocerte, han sabido que eres, de forma natural, un felino inocente, doméstico, lo cual fue lo primero que decidimos proteger y en lo que nos fijamos cuando establecimos quiénes éramos cuando estábamos siendo juntos. Supimos de tu fragilidad y actuamos en consecuencia, pero... Tanto a ti como a mí, se nos olvidó que yo también soy un animal de compañía, aunque es posible que ninguno de los dos lo supiera en un principio.

Has sido herido tantas veces y has acabado mal con tanta facilidad que nos olvidamos de que yo también podía sentir y de que yo también podía resultar herida... O lo que es peor, podía tragarme las emociones que sabía, no debía sentir.

En cada instante a tu lado se me escapan sentimientos, emociones que sé que no debo decir en alto, lo nuestro es tan frágil, tan hermoso y cristalino, tan perfecto que una palabra, el mismo nombre que describe aquello tan etéreo, hará que se evapore, que se rompa en mil pedazos o que se lo lleve el viento. Y teniendo un sentimiento, cual bomba de relojería, en mis propios labios, ¿qué debería hacer con éste? ¿Canalizarlo, fingir que no existe? ¿Matarlo y matar, por tanto, aquello que nos mantiene unidos? ¿Quemarlo y esperar que todo lo demás sobreviva sobre sus cenizas? ¿Nombrarlo y, con ello, explotar el globo que nos hizo flotar más allá de las nubes? Oh, pero una caída tan larga da tanto miedo...

Es pasivo, por ahora silencioso, serpentea sobre nosotros amenazándome con el continuo pasar de sus agujas, cantándome alegremente la cuenta atrás de mi tiempo contigo. En cualquier momento, en cualquier lugar pudo escaparse: En tu frente y tus cabellos, en tu mejilla, en tus labios, en la piel a la que ya me he declarado adicta... O al abrazarte y ser tu roca, o al apoyarme en ti cada vez que caigo, al entrelazar nuestros dedos antes de recibir juntos un golpe, en una simple mirada nuestra entre un montón de gente... En cualquier lugar puede escaparse y morder. Morderte. Mordernos... y romperlo todo.