A veces me apetece volver a escribir. Sé que recuerdo cómo hacerlo y sé que tengo toneladas de cosas que soltar aquí, pero por algún motivo me retengo.
Basura emocional, siempre, pero el metal en las muñecas lo tengo agotado y lo agradezco.
Tengo tinta en los brazos. Recuerdos borrosos por las lágrimas, pero palabras que se me han quedado grabadas. Agridulce.
Basura emocional sigue habiendo, pero las muñecas las tengo curadas. Y sé lo que hacer con estos sentimientos. La cosa es que me cuesta, como a todo ser humano. Pero puedo escribir. Cuesta, pero puedo hacerlo y, de hecho, creo que hasta me apetece. Sólo que da miedo volver a manosear emociones fuertes y escribirlas en el momento. Últimamente estoy cobardica y no me estoy moviendo.
"No te voy a desear que te vaya bien porque sé que te va a ir bien." Al principio estas palabras sonaron como un peso en la espalda, pero al poco tiempo fui capaz de entenderlas. La soledad ya no la tengo y la desesperanza tampoco. Puedo moverme y sé hacerlo. No pasa nada si me cuesta, si me caigo o si me cuesta levantarme porque ya no necesito que me lleven a rastras. Eso es lo importante.
Creo que llevo unas semanas haciendo el gilipollas. No queriendo escuchar todas las cosas que echo de menos. Supongo que, de alguna forma, sigo en duelo conmigo misma y que no es tan fácil coger un bus y saludar a un montón de gente a la que echo de menos, y más si no tengo las cosas claras... Pero ¿quién las tiene claras? Absolutamente nadie, estoy haciendo el gilipollas.
Tal vez si sea buena idea volver a escribir. Tal vez incluso empiece a subir mis dibujos. Tal vez incluso vuelva cambiar mis paredes. Hay algo importante en el simbolismo de todo esto, aunque aún no lo entienda del todo.
Me da miedo cortarme el pelo. Por primera vez me estoy sintiendo a gusto y no necesito algo radicalmente diferente para sonreir al mirarme al espejo, pero sé que guardo cosas en este pelo de las que me quiero deshacer. Me da miedo hasta cortarme las puntas porque estaría diciendo adiós. Es un adiós definitivo a un modo de vida que me hizo mucho daño pero que, de alguna forma, me impidió estar sola. Y es un adiós también al momento en que decidí superar todo eso. Es un adiós al conflicto como centro de mi vida, creo, porque toca ya ponerse en serio y no hacer un drama de los sentimientos. Todos los tenemos. A esta edad ya no sirven de excusa.
Todos hemos sufrido un desamor y todos nos hemos despedido de alguien querido. Todos hemos cambiado de aires y todos hemos salido de nuestra zona de confort. Todos nos hemos levantado de las cenizas y todos nos hemos tenido que hacer cargo de nosotros mismos, hemos tenido que asumir responsabilidades y no es un drama. No es ningún drama. Pero no estoy acostumbrada a no hacer un drama de ello. Es una mierda.
Siempre me dio miedo comprometerme con algo, con cualquier cosa, y sigue sin gustarme demasiado, pero ya es como a todo el mundo. Ya no es un problema que consultar con varias personas y sobre lo que remolonear varias semanas con la excusa de no encontrarme bien emocionalmente, esto ya es algo que toca hacer y punto. Y tampoco me provoca nauseas ni me apetece hundirme en un rincón por ello, pero siempre me ha resultado desesperante la normalidad. El normalizar algo. Las películas adultas en las que la protagonista supera a su amor de juventud y sigue con su vida. Me resulta dramático. Asfixiante. Desesperante. Supongo que porque los sentimientos para mí siempre fueron lo más importante y ser consciente de que hay vida más allá, de que los mejores amigos de la infancia no duran para siempre, de que no hay nada ni nadie que sea "para toda la vida" como en un cuento de hadas, me desespera. Me hace preguntarme para qué y me hace sentirme sola. Pero bueno, por lo menos hace algún tiempo aprendí a hacerme compañía.
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