Sonaban en su cabeza toda clase de frases y palabras, no tenían que ver mucho unas con otras, pero la consumían, la revolvían, le llenaban de rencor el estómago.
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Tan estúpido y arrogante, dejando entrever TANTO sus emociones, reacciones, sus mismísimos pensamientos... ¿Qué clase de profesional era éste? Su expresión corporal, en aquellos precisos instantes, permitían con facilidad que cualquiera adivinara su estado de ánimo y opinión con respecto al tema que se estaba tratando. ¡Y no sólo eso! Se permitía hacer cualquier comentario irónico despectivo, nada terapéutico, colaborando en las conversaciones no desde la intención de búsqueda de la mejoría de los pacientes, sino como una variable perfectamente integrada en la ecuación planteada por el mismo (el paciente), incluso sintiéndose ofendido personalmente en varias ocasiones. Resultaba, hasta cierto nivel, exasperante.
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