sábado, 2 de mayo de 2015

23/10/14 -- 24/10/14 (Julie)

¿Sabes, Fran? Te echo de menos. Te echo demasiado de menos. Tú, el idiota, el lejano, al que amé y aquél que me amaba, el gracioso, el estúpido, el que me calmaba y me enervaba, quien me comprendía, quien me paraba los pies, quien me aconsejaba y con quien me reía y lloraba y me enfadaba y me alegraba; Aquél sobre el que yo escribía poesía, la primera persona que me apoyó sinceramente, la primera y única persona que supo siempre quién soy yo: Aquél que nunca estuvo a mi alcance y que jamás consiguió acariciar mi pelo... El único hombre en mi vida que hubiera sabido hacerlo con suficiente tacto y ternura.

Tú, Fran. Tú, mi mundo sensible hecho persona, fuiste lo que llegó a ser cada hombre en mi vida e, incluso, ellos, todos juntos, rebosan carencias vitales comparados contigo.

Fran... Mi Fran... Sé que es egoísta pensarlo ahora, cuando más te necesito pero, Fran... Esta noche te echo demasiado de menos.

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¿Por qué nos da miedo que nos apaguen la luz? ¿Por qué nos carcome no poder vivir junto a alguien a quien amamos? ¿Por qué tenemos miedo a ser abandonados?

No sé si puedo permanecer mucho tiempo junto a alguien que no me deja acariciarle la cabeza... Duele demasiado.

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No soy capaz de romper una silla ni de darle un puñetazo a la pared. Siento el impulso, el deseo, la ira... Pero mi racionalidad se impone y lo primero que hago es concienciarme de lo ridículo de la acción y la ira comienza a dar vueltas en mi cabeza, consciente de que mi cuerpo no va a descargarla. No, en absoluto: Mis retorcidos arrebatos se apoyan en la racionalidad, son mucho más imperdonables, es maquiabélico, enfermizo, son castigos psicológicos a un completo colectivo dentro del que yo me hallo siempre...

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