Algo se está ahogando.
Algo se me ahoga.
Siento que mi mente se libera y, al mismo tiempo, mi libertad muere. Todo está ocurriendo en perfecta sincronía y no por casualidad, no, sino por amargo destino.
Es curioso, pero no creo en el destino y, sin embargo, éste decide asomarse y entrometerse en mi vida.
El destino aguarda, paciente, a que yo me tranquilice y baje la guardia. El destino acecha, tranquilo, esperando hacerme sentir y buscando enjaularme.
El destino intenta hacerme mortal.
El destino quiere hacerme humana.
No soy persona, tengo un trato.
Me ato a mí misma con las únicas palabras no pronunciadas y prometidas. Me envuelvo en ellas, me cubro y me encadeno por elección propia para ser libre, o eso intento.
No soy persona, soy humana.
Intento ser libre y, sin embargo, soy mortal.
Hace poco me topé con el destino, no en una, sino en cuatro ocasiones.
La primera vez charlamos como viejos amigos que nunca consiguieron verse en persona. La primera vez fue bonita. La primera vez yo amé y no quise nada, no busqué nada.
El destino me encontró con los ojos abiertos y no pudo hacerme daño. Tras el primer encuentro, aunque dolida y con el corazón lleno de sueños, seguí siendo inmortal.
El segundo encuentro fue el más cruel.
La segunda vez yo estaba despistada. El destino decidió visitarme por sorpresa y yo, despierta pero distraída, caí en sus redes.
Fui mortal por tres semanas y me costó casi once meses salir de la telaraña. Fui mortal sin sentir nada y, al darme cuenta de que había caído, me levanté y huí llevándome por medio la tela de una araña que resultó ser tan mortal y tan presa del destino como yo misma y, con las prisas de la huida, buscando desesperadamente salir de aquella trampa, sin quererlo, pisé a la araña y aún no se ha despegado de la suela de mi zapato.
El tercer golpe fue el más complicado.
El tercer golpe duró años. El destino quiso divertirse y comenzó con el tercer golpe antes incluso que con el segundo. Puede que hubiera sido mortal tan sólo durante tres años o que, debido a este golpe, siga siendo mortal ahora. Pero no es algo de lo que me arrepienta, pues el tercer golpe me puso en contacto con el ser más sincero que he llegado a conocer que, aunque también se trate del ser más apaleado, maltratado y triste con el que me he topado, sigue siendo el más esperanzado y brillante y el que me otorga fuerza suficiente para vivir como mortal.
El cuarto golpe fue rastrero.
El cuarto golpe bien pudo mentira. De ser un juego de niños, ésta habría sido la venganza que llevaba a la victoria... Pero no llegó victoria alguna.
Piel de mármol, oro y cenizas se apoderaron de un sentimiento más grande que el cuerpo en el que yo misma pretendía habitar... Un sentimiento causado por una verdad escondida bajo tierra, una realidad borrada, una brillante vida encerrada entre paredes grises. Felicidad prohibida y desbocadas luces de colores en una fiesta subterránea. Secretos que cuentan verdades que no son. El cuarto golpe fue golpe por dulces mentiras llenas de sabor. Una relación de plegarias que alzaron juntas el vuelo y juntas se quemaron, llenando el cielo de blancas cenizas.
El cuarto golpe susurró dulces mentiras. El cuarto golpe sangra, cerrado, sangra felizmente. Cuando el cielo se nubla y cubre la luna, permite que encendamos nuestra propia luz y sonriamos, aún con ese dulce sabor en los labios. Miel, ácida miel. En el cuarto golpe se resumen mis golpes con aquél destino que tanto me odia y que seguirá buscando tender trampas. Enseñándome a aprender de ellos, a apoyarme y coger fuerzas para iluminar un camino lleno de cruzadas con el destino, hilos rojos que penden de mis meñiques. El cuarto golpe me dejó un nombre... Me dejó un secreto. Me dejó un regalo.
Un camino abierto a mí misma... Y a la posibilidad de sentarme a charlar con el destino.
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