sábado, 12 de julio de 2014

Humo por las mañanas.

Allí donde golpeaba el Sol, al pie de otras montañas, mucho más reales, incluso literales, sonó tímida su voz sobre las cuerdas de alguna guitarra.

Con el movimiento continuo de toda esa gente, la naturaleza se hallaba irónicamente revuelta por la -en ellos ordenada, aunque en comparación con el original paisaje, caótica- organización de las personas que allí se encontraban.

 A los pies de su dulce, sonriente y ya apagada voz, él, rodeado de sus seres queridos, aquél a quien amaba y seguía deseando, aquél al que había dejado de necesitar, recostado, escribiendo sobre el río, encaramado a un árbol, siendo arte. Él, pura poesía, magia y maravilla, luciendo serio y brillando su aura, también sonriente.

 A su alrededor, un mundo de hojas pintado con repetitiva gracia por un claro lápiz verde. Calma, por fin. Su cabeza pasivamente reposaba sobre la relajante monotonía de un paisaje monocromático.

 A lo lejos, gentes alegres, sonrientes, gentes en armonía formando una llamativa melodía ligeramente disonante en torno a la flora que les rodeaba, haciéndola sentir a ella a un cercano y extremadamente corto paso de un bienestar emocional que llevaba ya mucho tiempo echando de menos.

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