La música sonaba, pasivamente, detrás de sus orejas. El roce de la pluma sobre el papel emitía la melodía principal sobre la banda sonora que eran sus latidos y el recuerdo de una respiración entrecortada.
Ella cerró los ojos, con calma, dejándose llevar por el viento y el movimiento de hojas tras la ventana, por las guitarras que tocaban al son del mismo alma de una tarde de verano de aquel pueblo sombrío, embrujado, atrayente y destructivo y, sin embargo, escondrijo del tesoro que era una luz llena de vida, corazón sonoro de aquél pueblo tan lleno de sueños que no serían concedidos.
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