sábado, 6 de febrero de 2016

Y, de nuevo, caminamos.

Hace mucho que no escribo. Llevo un rato largo enfrentándome a mí misma. Desde siempre, o me recreo en un estúpido dolor superficial en el que, por no descubrir que es todo mentira, me paso la vida usando metáforas, o me inspira una falsa sensación de bienestar para agitar la pluma. Pero no, el movimiento de mis muñecas sigue sin ser mentira.

Parece que estuviera sola ante el folio, pero me acompañan demasiados sentimientos, demasiado de esta vida que se está quedando atrás. Hacerse mayor son palabras mayores y yo ya me estoy quedando sin paracaídas, por si me provoca alguna locura. Parece que dejara de tener preferencia ante el mundo, que dejaran de considerarme necesitada, que pasara a ser una más... Tan sólo otro ser humano. Y es difícil, Es difícil dejar de tener protagonismo y es difícil aprender a confiar en uno mismo. Pero también parece que se puede. Parece que me alejo tres canciones y vuelvo cuatro. Está bien, puedo permitírmelo. No necesito paracaídas porque no estoy rota y esto significa aprender a montar en bici como cualquiera, pero unos años por detrás. Sí, me caigo el mismo número de veces que un crío de cuatro años, pero mi determinación es distinta, mi paciencia es mayor y mi conocimiento sobre mí misma, más amplio. Tengo ventaja sobre los aprendices de ser humano y eso ya es algo. No tengo desventaja con quienes se lanzan habiendo aprendido porque ya he superado esa frustración. Estoy en un punto intermedio, como un filósofo ante un sabio y algún que otro polemista. Tonterías y retos, que en eso se basan las maniobras complicadas.

Y, en cuanto a las espadas... me gustaría manejar el hielo, como a cualquiera, pero prefiero esperar a no tener una cuenta regresiva tras la espalda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario