Me digo y me repito que son los pensamientos típicos de una mala noche, que sólo tengo que esperar a los primeros rayos de luz que entren por mi ventana para que "el acabar", la idea del fin, desaparezcan de mi cabeza. Pero lo cierto es que todos estos pensamientos se acaban acumulando, se escapan de las causas hormonales en que se excusa de su extistencia su creador y llegan a ser pura racionalidad y sentimiento, con la viva esperanza y probable finalidad de acabar por convertirse en acciones. Acciones, como dicta su naturaleza inicial, de fin. Debería dejar de fumar porros, ya no sé ni lo que escribo. O, tal vez, tan sólo estoy cansada. Cansada de intentar compenetrarme con alguien aferrado a la infantil idea del romance adolescente; cansada de ponerme por debajo de la gente; cansada de ser "la otra"; cansada de intentar correr tan rápido que me pierdo de vista a mí misma y, por tanto, pierdo tiempo en encontrarme una vez detenida; cansada de olvidarme de mis propios sentimiemtos; cansada de envidiar a aquellos que se regodean en su propia enfermedad y cansada de mi enfermedad al mismo tiempo.
Hoy me encontré con mi antigüa compañera pero, por suerte o por desgracia, decidí dejarla a un lado. Ella me sonrió, como siempre, pero, en esta ocasión, su sonrisa también denotaba hastío y amargura. Supongo que a ninguna nos quedan fuerzas para abrazarnos así que, una vez más, me resigné ante otro antigüo suceso de mi vida y la dejé tranquila, envuelta entre recuerdos y trofeos cerrados con llave, que las cicatrices no me hace falta guardarlas, las llevo siempre encima.
De nuevo, la dejo tranquila con su agudéz y perspicacia, con su frialdad llena de óxido, rodeada de objetos brillantes que algún día me hicieron su misma compañía.
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