Todavía me siento mareado. Sigo notando lo efectos de las drogas recorriendo mi piel, despacio. Huele a carne, pescado y cigarrillos.
Me cuesta seguir el hilo de mis pensamientos. Me siento enfermo. Me preocupa rasgar el papel con la tinta esparcida sobre mis manos, me preocupa que se mezclen sobre el folio la tinta en mis muñecas y las chinas que me quedan por debajo de las uñas.
Mi cuerpo se desdobla sobre sí mismo cual serpiente mordiendo su propia cola. Habla el viento con fuerza, suenan chistes estúpidos sobre si estoy loco, de la mano de alabanzas a un dios que no veo y un dado que gira eternamente, recordándome que el destino me ve y se descojona. Gracias hombre, que sí, sé que es cierto que aprendí a hablar con él, pero sólo sabe escucharme cuando me pongo de rodillas. Llorando o riendo, eso da igual, pero siempre de rodillas.
Me atormenta la idea de tomar una decisión. Me atormenta la idea del cambio, de tener la autonomía que me paso la vida reclamando. Tengo miedo. Siento que acabaré teniendo que decirle al mundo que ellos tenían razón, que efectivamente no hay una neurona sana en mi cabeza.
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