Cuando el simple contacto con tu piel, erizaba completamente la mía y me formabas ochenta nudos en el estómago. Cuando mi corazón explotaba en lágrimas tan sólo por oírte susurrándome al oído y, por ello mismo, dejara yo de ser consciente de cuáles eran tus palabras. Cuando no me importaba que me mintieras incluso sobre quererme, simplemente porque te adoraba demasiado...
Todo lo que viví contigo, no se compara a lo que tengo ahora: No se compara con la estabilidad, con el respeto, con la alegría y, a veces, incluso con la mismísima felicidad. No se compara con la igualdad, ni con la confianza, ni con el cariño. No se compara con el compartir, con el amar, con el cuidar, ni con el ser cuidado...
Pero nada de esto se compara tampoco a nuestras fiestas subterráneas. Nada se acerca al mar revuelto de nuestra pasión, pasión conformada por mentiras llenas de jugo que la hacían todavía más fuerte y, ninguna chispa, por mucho gas que tenga, llegará nunca a brillar tanto como el infierno que creamos al prenderle fuego a nuestras sábanas. Tal vez porque la enfermedad es adictiva o tal vez porque somos parte de nuestro propio juego.
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