Más y más ganas de llorar. Carencia de aire. Líquidos, demasiados líquidos. No existe el oxígeno, no se puede respirar. No hay tiempo. Falta. Me doy una y otra vez contra el suelo. Me caigo antes de levantarme. ¿Autosabotaje? Luces, muchas luces, pero todas muy lejanas. No hace frío. No, no hace frío, pero tengo las manos heladas. Sé que sólo sé escribir cuando se me olvida hablar. A veces me da miedo no poder bailar. Me sigue dando miedo. Calor corporal, calor corporal... Me abrazo. Me falta algo. Cada segundo me patea la frente. Palabras que no significan nada. ¡Ayuda! Silencio y más silencio. Dicen que les pida lo que sea, pero no pueden hacer nada. El sonido del teléfono al colgarse, cortándome a mí un pedacito de carne... O de alma. Se me acaba la paciencia. Vuelvo a arrastrarme, porque ya estoy en el suelo y cuesta más seguir cayendo. Me abrazas, pero no siento el calor. Quería. Quería. Sudor, sexo, labios, movimiento, verguenza, miedo, tranquilidad. No existen, ya no existen. Quiero irme. De verdad que necesito pegarme un tiro. Quiero irme. A veces se me olvida qué es lo que echo de menos. A veces se me olvida si de verdad me acuerdo. A veces quiero ser como el resto y sueño en vano que la felicidad se esconde cerca, en la playa, cerca. Incluso pienso que he llegado a tocarla. Una mañana en Vera... El resto de mi vida. Mi vida es ese recuerdo falso. Me quedo. Me quedo. Me voy. No sé por qué sigo esperando a que alguien me conteste. Pero tampoco sé si vale la pena o si queda algo que salvar. Debería irme. Debo irme.
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