miércoles, 11 de marzo de 2015

Papel verde n.1

Fluyen como hojas en el viento. Compiten, cual Aracne y Atenea, tejiendo idas y venidas, trenzando sus historias teñidas de azúl, intentando hacerse oir entre un mar de hojas caídas, voluntades desmembradas, estupideces entre más estupideces.

Me digo y me repito que sigo siendo capaz de escribir, pero no hago más que vomitar espectativas derretidas sobre el papel. Ya no me queda ni la tinta con la que podía cortarme, ya no me queda ningún ardor bajo la lengua con el que restregar mis muslos y muñecas hasta hacer saltar las chispas que solían decirme que sigo estando viva.

¿Qué soy yo sin autodestrucción? Verdad pura e interrogante, una estúpida flecha de neón señalando eternamente el basurero social que son los gritos de auxilio de quien ya está completamente abandonado por el mundo.

Que intento dejarlo, joder, intento ser capaz de cuidarme a mí misma, pero ya sólo me quedan unos pulmones oxidados y caries debajo de la almohada. Y sí, cuando hace calor y las sonrisas falsas iluminan el día, llenándome los ojos de ombligos, bikinis y abdominales, es cierto que tengo mucha compañía, pero los colores cálidos acaban por hacerse ver, se hacen reales y, cada vez que ahogan sus penas y se abren en canal, cada vez que veo mis pies enterrados en hojas secas, llega de nuevo ese dolor de muelas y se apropia de mi compañía un miedo irracional a que se me caigan los dientes.

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